Cada una de mis obras nace de miles de pequeños gestos. La repetición nunca ha sido una técnica para mí; es la manera en que encuentro un ritmo y una presencia que pocas veces existen en la vida cotidiana. Mientras una pintura avanza, el tiempo deja de medirse en horas y comienza a medirse en líneas, texturas y capas. No pinto para terminar una obra, pinto para permanecer en ese estado de atención donde cada gesto importa. Cuando finalmente la obra concluye, siento la satisfacción de haber llegado hasta el final sin renunciar al proceso. Si quien la contempla logra detenerse un momento y experimentar asombro y alegría, entonces ese tiempo compartido encuentra un nuevo sentido.

